La fórmula preferida del profesor - Yōko Ogawa

La fórmula del profesor tiene dos temáticas que impulsan el relato: las matemáticas y el béisbol. Pero también plantea reflexiones alrededor de la memoria y de las relaciones no románticas. Se refugia en la cotidianidad como núcleo literario, así que no pretende contar una gran historia, un atrapante final o giros dramáticos en la trama. Hay que reconocerle que es fiel a su premisa y, como uno de sus protagonistas, se repite cíclicamente, en lapsos más o menos regulares, pero con ligeras variaciones.

No es un libro que me haya impresionado, pero me muestra formas de literatura alternativas y puedo comprender por qué seduce tanto. Sin embargo, no me enganchó en las primeras veinte páginas y el resto del libro lo atravesé por pura determinación. No es una falla del libro, es que es incompatible con lo que me gusta en este momento. 

Poco a poco concluyo con mayor claridad que la literatura japonesa y/o minimalista no es lo mío. 

► Género: Narrativa contemporánea, novela japonesa, realismo cotidiano.

► Temáticas:
  • Amnesia anterógrada, memoria y pérdida, fragilidad de la memoria, identidad. 
  • Números y matemáticas como lenguaje de belleza y conexión humana.
  • Vínculos afectivos no convencionales (profesor, ama de llaves y niño).
  • Cotidianidad, cuidado y ternura en relaciones improbables.
  • El tiempo detenido y la repetición de la vida diaria.
  • Admiración, curiosidad y transmisión del conocimiento. 
► Edad de la autora al publicar la obra: 41
► Nacionalidad: Japonesa
► Lugar donde ocurre la historia: Japón
► Año de publicación: 2003
► Páginas: 180
► Editorial: Tinta Club del libro

Yoko Ogawa

Lo que funcionó para mí

1. Fidelidad a su estilo

Referencias matemáticas y de béisbol, repetición con variaciones sutiles, énfasis en la cotidianidad de las acciones y una economía descriptiva que privilegia los gestos mínimos. La emocionalidad tiende a lo almibarado, pero de manera consistente con el tono general de la obra, que describiría como muy lisa, tersa, suave. Muy redondeada, muy bonita, sin rugosidades, sin complejidad. 

Todo esto permanece estable a lo largo del texto. En ese sentido, la novela cumple con lo que promete: no decepciona porque no pretende ser ambiciosa ni se arriesga a desviarse de su propio registro.

La premisa no es particularmente original y no tiene como meta serlo. La narración, contada desde un futuro retrospectivo, deja claro desde el inicio que el interés del libro no está en la sorpresa, en una trama con muchos giros o en un desenlace grandilocuente. Su apuesta es más discreta: construir un efecto a partir de la acumulación de gestos simples y cotidianos, como ordenar el estudio, cocinar o limpiar, actividades que estructuran la vida diaria.

A esto se suma un personaje central —más que protagonista, una especie de eje narrativo— que padece amnesia anterógrada. Este recurso, lejos de operar como giro dramático, funciona principalmente como dispositivo atmosférico y estructural, reforzando la lógica repetitiva y contenida que caracteriza a la novela. Reconozco esto como un acierto y algo bien logrado, pero odio la repetición en la literatura. 

2. Minimalismo y agilidad

La escritura invita a seguir leyendo gracias a una voz narrativa clara, de buen ritmo y fácil de digerir. No hace alardes estilísticos, sino que usa una prosa eficaz que acompaña con solidez la naturaleza cotidiana de la historia.

La única advertencia sería ajustar las expectativas: la novela no recurre al dramatismo clásico ni construye una trama fuerte que arrastre a los personajes hacia un conflicto central. No tiene la estructura occidental típica: inicio - conflcto - resolución. 

Su impulso narrativo es más tímido; no depende de la tensión dramática, sino de que el lector sea testigo sostenido de pequeños gestos y momentos ordinarios. Debo reconocer que me retó como lector. Su estructura es más: situación - variación cotidiana - contemplación. 

3. Referencias numéricas

Más que desarrollar ideas matemáticas, el profesor introduce pequeñas curiosidades numéricas que resultan entretenidas, refrescantes, especialmente en las dos primeras partes del libro. 

4. Otros

El estilo de enseñanza del profesor, junto con la idea de que las matemáticas pueden explorarse a cualquier edad y desde cualquier nivel educativo, así como la noción de resolver problemas por el simple placer de pensar -la necesidad de cognición-, fueron conexiones agradables que hice con la lectura. 

Lo que no funcionó para mí

5. Estilo

Una vez ajusté las expectativas frente a la debilidad de la trama —y siendo consciente de que muchas obras funcionan deliberadamente así— procuré prestar atención a otros aspectos de la lectura. La escritura de Yōko Ogawa es funcional, económica y bastante clara. Sin embargo, no logró cautivarme. Cumple con lo necesario, pero el estilo es tan cotidiano y neutro que termina resultando anodino. 

En varios momentos busqué alguna conversación particularmente absorbente, una descripción llamativa, una imagen que me obligara a cerrar el libro y detenerme, o una escena que hiciera releerla para saborearla mejor. No encontré nada que produjera ese efecto, salvo algunos fragmentos. 

Cuando una novela renuncia a una trama potente o a momentos dramáticos marcados, inevitablemente yo me vuelvo más exigente con la forma. En libros como este, espero entonces que la escritura compense: Si no me das trama, ideas, exploración, reto o complejidad, al menos dame deleite estilístico, imágenes memorables, una sensación o atmósfera que me quede de aftertaste por varias semanas, como me ocurrió con la película Días Perfectos

Por ejemplo, Lispector renuncia a una trama y le apuesta al existencialismo y la poesía y obliga a leer como cuando uno saborea un postre. Allende no tiene idea a dónde quiere llegar con sus trama y la va hilando mientras escribe, desviándose muchas veces, pero su técnica es sólida y colorida, explora poéticamente y ofrece escenas tensionantes. Isaac Asimov descuida escenas y personajes, pero explora ideas estimulantes, incluso tramas que se desarrollan en cientos de años. La nieta del señor Linh también es floja en la trama, pero logra aciertos minimalistas tanto en el estilo como en algunas escenas que permanecen en la memoria. Pero en este caso, por más que lo intente, no puedo recordar ninguna escena que me haya marcado o importado.

Por lo mismo, es un libro que jamás releería. Seguro tiene capas, como todos, pero no sentí una tensión emocional sostenida ni llegué a implicarme con los personajes. Tampoco percibí escenas particularmente tensas o decisivas. 

Además, las escenas relacionadas con el béisbol me resultaron tan poco estimulantes como presenciar un partido en televisión. Sé que no conecto culturamente con el deporte, que tiene raíces profundas en Japón, pero alguna vez leí algo surf, sobre un deporte que nunca he practicado -y sobre el que tampoco he visto una competencia- y me sentí interesado porque me pude imaginar la emoción y las sensaciones intensas que generaba el deporte en su protagonista. Creo que aquí es por el estilo, porque son simples referencias que solo emocionan a quienes las conocen.  

La sensación predominante fue la de una sucesión de episodios cotidianos sin una progresión emocional, sensorial o psicológica clara. El resultado es una novela tenue, construida como una acumulación de momentos que nunca me cautivaron. 

6. Subtramas sueltas sin resolución

He notado algo similar en varias obras de literatura japonesa que he leído hasta ahora y que encuentro un poco frustrante: la introducción de subtramas o elementos narrativos que nunca terminan de resolverse. En ocasiones son detalles relevantes para la historia, incluso capaces de afectar la trama o el comportamiento de los personajes, pero que quedan suspendidos, sin explicación ni cierre.

Esto es una forma de reflejar que en la vida muchas cosas permanecen sin respuesta. Aquí, la novela es fiel a esa lógica de realismo cotidiano. En el caso de este libro, por ejemplo, nunca queda del todo clara la naturaleza de la relación entre la viuda y el profesor. No es imprescindible saberlo y en la vida real muchas relaciones también permanecen ambiguas o incompletas.

Sin embargo, actualmente no busco en la literatura un simple reflejo de la realidad tal como es. Si un libro se limita a reproducir esa falta de resolución sin ofrecer otro tipo de recompensa narrativa, la experiencia puede volverse monótona. En este caso, la lectura terminó resultándome tan poco estimulante como pasar una hora entera mirando por la ventana.

Esa estética de lo incompleto, lo ambiguo, lo abierto, lo que queda en el aire, el misterio, algo que no se explica del todo, que queda insinuado y ya; me choca mucho culturalmente. No es una crítica literaria, simplemente no lo disfruto. ¿Seré muy occidental por esto? En este momento de mi vida, es muy delicado y contemplativo para mí, pero quizá en 20 años piense diferente y alabe profundamente este arte narrativo meditativo y que captura instantes porque sí.

7. No asignar nombres propios a los personajes

Entiendo parcialmente la decisión estilística en la literatura minimalista de referirse a los personajes únicamente mediante designaciones genéricas —el profesor, la viuda, el anciano—, aparentemente con la intención de darles un carácter más universal o menos atado a un contexto cultural específico, pero en mi lectura no me funcionó.  

Más que ampliar el alcance de la historia, me termina generando cierta incomodidad práctica: incluso al comentar la obra, tendré que referirme a los personajes de manera indirecta o poco natural. Mientras que en otros libros basta con decir “Billy Pilgrim es un personaje memorable”, en este caso habría que decir algo como “el profesor, protagonista de tal novela, es un personaje memorable”, lo que introduce una distancia innecesaria, más difícil de referenciar.

En mi experiencia leyendo este libro, el recurso no aporta demasiado. Si su intención fue reforzar la universalidad de la historia, desindividualizar, desplazar el foco narrativo de las personas a las acciones o las relaciones, evitar la intimidad psicológica, o hacerlo más rítmico, nada de eso lo percibí. Si le llamo José o John o Jan al profesor, siento la novela igual. 

¿En qué novelas sentí que funcionó? En Ensayo sobre la ceguera, de José Saramago, y parcialmente, en La Carretera. En otras, como Esta herida llena de peces, me costó mucho ver cómo impactaba realmente la obra. 

8. ¿Ya mucha matemática?

En cierto punto la narración se vuelve excesivamente explicativa alrededor de la llamada “fórmula preferida del profesor”. La exposición se vuelve más técnica de lo necesario y rompe un poco el equilibrio que venía sosteniendo la novela. 

En mi caso, esa sección produjo el efecto contrario al esperado: en lugar de despertar curiosidad, el tono didáctico me desconectó momentáneamente de la lectura. Aunque a esas alturas, ya me importaba muy poco. No logré comprender del todo la fórmula ni su funcionamiento y terminé acelerando el ritmo de lectura para atravesar ese pasaje.

10. Recomendaciones

Recomendaría este libro para alguien que quiera tener una lectura ligera, breve, sencilla y sin mucha complejidad. Alguien que busque emociones que no alteren mucho y que quiera pasar una tarde de fin de semana en casa, con una buena bebida. 

10. Calificación general: 2.5/5 ★★

Técnica: ★★✩✩✩
Ritmo: ★★★★✩
Temática: ★✩✩✩✩
Mundo/Universo: ★✩✩✩✩
Narrativa, Prosa y Estilo: ★✩✩✩✩
Estructura: ★★★✩✩

Protagonistas: ★★★✩✩
Trama: ★★✩✩✩
Diálogos: ★★★✩✩
Profundidad: ★★★✩✩
Final: ★★★✩✩

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